10/11/2007

Somnolencia




Hace unos años que sufrí un proceso de insomnio prolongado en el que el café solo fue mi alimento indispensable. No podía dormir y no quería porque ciertas actitudes de la sociedad habían cambiado, todo el mundo era solidario, había desaparecido el ejército y los ciudadanos debatían con los políticos, mano a mano, lo que se debía de hacer para que la ciudad progresase y el bien común prevaleciese sobre los intereses de unos cuantos. Me daba miedo dormir, por si acaso, cuando despertase, me daba cuenta de que todo había sido sólo un sueño.

En este relato que escribí hace seis años, el personaje vive una situación cómica e irreal, totalmente opuesta a la realidad en la que vivimos. Por supuesto, nada ha cambiado, la sociedad cada vez está más dormida, y muchos de los que se mantienen insomnes lo hacen bajo el efecto de alguna que otra droga anuladora del sueño y de los sueños; jóvenes y no tan jóvenes, dormidos en el fondo.

Esta somnolencia prolongada cuna del pasotismo social y pábulo de los insomnes de físico e intelecto está durando ya demasiado tiempo. La vida sigue a pasos agigantados, nos manejan como quieren y nuestro silencio se interpreta como consentimiento, como no puede ser de otra forma. No hemos convertido en gallinas de corral, todo nos da igual mientras que no nos falte la comida y un sitio donde cobijarse, aunque cada vez estemos más endeudados, aunque el corral esté rebosante de nuestra propia mierda.

Y mientras tanto, adormilados por el ansia de consumo, los cotilleos de la tele, y lo bien que lo hace el nuevo alcalde de Lepe y lo mal que lo hicieron los otros, andalucistas incluidos, seguimos muriendo de Cáncer en un porcentaje muy superior a la media del país. En Lepe sí, lean el Reportaje Actual de esta revista y echen una cabezadita después.


8/31/2007

High mountain



Al alcanzar la cima de la montaña, tras varios días de escalada, no fue la belleza del paisaje lo que a Juan le llamó la atención. Un bolígrafo plateado brillaba semienterrado en el mismo suelo que pisaba, a seis mil metros de altura. Lo recogió del suelo y lo miró con detalle, parecía especial. ¿Cómo habría llegado hasta allí un objeto semejante? Seguro que algún alpinista lo ha dejado aquí por olvido, pensó. Lo guardó en uno de sus bolsillos y se sentó en una roca próxima para contemplar el inmenso valle verde que discurría a sus pies, entre las montañas.

Amparo era una persona de una belleza física extrema, su aspecto corporal le había proporcionado la mejor carta de presentación social posible, y muchas veces se preguntaba si todo lo que había conseguido en su vida se lo debía a sus capacidades intelectuales o simplemente a su cuerpo, lo cual le causaba tremendas depresiones. La última vez que visitó a su psicólogo éste le propuso escribir un diario, y desde aquel momento su vida había cambiado. Aquella libreta de cuadritos lo era todo para ella. Había descubierto que escribir era el mayor de sus tesoros y… lo había perdido. En un descuido había dejado su diario en la mesa de una cafetería y al volver a la misma varios días después nadie sabía nada del mismo. Regresó a su hotel con la intención de dar buena cuenta del tarro de somníferos que le habían recetado, su vida no tenía sentido, y ni la sonrisa del aquel simpático botones tuvieron el efecto analgésico que tienen las sonrisas sinceras cuando cruzó, cabizbaja, el inmenso hall de su morada vacacional.

Juan estaba a punto de firmar con su boli nuevo la cuenta de la habitación donde se había hospedado cuando, de repente, una joven se lo arrebató con ira de la mano al grito de: ¡Devuélveme mi diario!

Cuando Amparo se calmó pudo contarle a Juan su historia y éste le ofreció volver a la montaña donde había encontrado su bolígrafo; a lo mejor su diario también podía estar allí. ¿Cómo habría llegado el boli hasta la cima? Se preguntaban asombrados.

Llegaron a su destino tras varios días de escalada, buscaron y rebuscaron aquel paraje en busca del tesoro de Amparo, pero no lo encontraron. Lo siento mucho Amparo, dijo Juan. Ella no contestó, ¿la verdad?, no lo sentía. Durante el ascenso había descubierto otro tesoro: el amor; y sólo pensaba en la forma de poder expresárselo a Juan y en la manera de poder saber qué pensaba él, aunque la mirada de su ya conocido amigo de fábula hablaba por sí sola.

8/13/2007

Cuatro gatos



Augusto no cesaba en su empeño, toda su vida la había empleado en forjarse como persona, se había hecho a sí mismo, como todos, pero remando siempre en la misma dirección: la de la búsqueda del bien común.

Sus primeros pasos los dio de la mano de su padre, un anarquista de la CNT que murió joven, y del que recordaba aquella frase de: "cada ciudadano debe aportar a la sociedad según su capacidad y recibir de ella según su necesidad", pilar fundamental de su incombustible ideología. Los pasos de su adolescencia giraron en un principio entorno a la vida de Jesucristo. Jesús le aportó paz, entrega hacia el ser humano y amor, un amor incondicional del que hizo bandera. Al poco tiempo cerró la puerta. Si el mensaje estaba tan claro, ¿por qué la gente daba tantas vueltas a lo mismo? Si Jesús pedía dejarlo todo por el prójimo, y él podía entender que no era una cuestión material sino más bien humana e independiente de las riquezas de cada uno ¿por qué se obcecaban sus colegas en no comprender, en repetir y repetir encuentros y oraciones y no actuar? Si Dios estaba en los hombres, ¿por qué miraban tanto al cielo?

Sus siguientes relaciones humanas dieron con sus huesos en la política del Partido Comunista. El nuevo sistema le abrió los ojos a una nueva visión de la economía mundial, más justa y equitativa, más humana y menos corrosiva que el capitalismo en el que vivía. Al poco también cerró la puerta. No sólo no había fracasado el comunismo en todo el mundo, salvo raras excepciones, sino que además sus camaradas se quedaban en la teoría de lo que puede ser tras tres tragos de Ron, y el reflejo de su ideología en sus vidas se resumía en la querencia por el color rojo a la hora de adquirir un Audi.

Augusto siguió vagando hasta el día de hoy, próximo a su última exhalación. Pasaron muchos años en su vida y le ocurrieron muchas más experiencias de las que podemos describir en esta columna para definirlo como no se puede definir a ninguna persona de esa clase (¿Iluminado, loco?). Se despedía con la ilusión, al menos, de haber despertado en alguien la chispa necesaria que diese lugar a la verdadera revolución. No sabía que de personas de su estirpe, con él, se contaban en el mundo, por desgracia, cuatro gatos, y tres estaban en venta.

¿Por qué no?



Esta vez desvestiré mis letras de toda prosa y dejaré que descanse la poesía, aunque el comienzo diga lo contrario y se relíe en el mismo ritmo que marcaron mis pasos el mes pasado. Pero no. Quiero hablar sin rodeos, directo y al corazón o la conciencia, o al vacío si hace falta, pero hablar sin enmascarar las ideas.

¿Por qué, a veces, somos tan necios? ¿Por qué nos cuesta tomar conciencia de la importancia que tiene el lenguaje y su forma de utilizarlo? ¿Por qué no desterramos el no de nuestras vidas?

La primera palabra que desgraciadamente aprendemos en la infancia es este adverbio tan negativo como impedidor del desarrollo personal. La sociedad lo usa como medio de represión, para decirle al niño que no haga esto o lo otro; como medio de desprecio, sí de desprecio, porque cuando no se atienden los porqué de los niños se les está despreciando, en ese caso el no suele ir de la mano del sé y cuando el niño repite la pregunta se anula el sé y se añade el por qué junto, quedando, como ya saben, en consabido: porque no, y punto.

Interiorizado en lo más hondo de nuestra alma desde la infancia nos hace huraños y negativos, además de unos vagos de cuidado. No voy al campo, no quiero hablar contigo, no me gusta cómo van las cosas pero por supuesto no voy a hacer nada por solucionarlo, no, no, y no. Jueguen a combinar el adverbio, ya verán que no les resulta nada difícil.

¿Se imaginan qué pasaría si cambiásemos el no en nuestras expresiones por el sí? Sí, voy a hacer la cama, pero permíteme cinco minutos que ahora mismo me duele el lumbago. La respuesta del otro seguro que varía en forma y contenido. Sí, me voy a preocupar y a ocupar de que se solucionen los problemas. Sí, soy capaz, por supuesto y... es que hasta parece que las fuerzas nacen solas.

Os emplazo, amigos rebeldes, a montar una protesta veraniega de no caídos. Hasta que llegue septiembre, por lo menos el que suscribe, el último no que diga formará parte de este concluyente: ¿Y por qué no?

7/03/2007

Tú y la luna



La luna se bañará esta noche en mi presencia, no pasa de hoy que vaya a verla. ¿Quién me ha robado el mes de mayo aún faltando días del mes de abril? La luna se bañará esta noche, pero en mi presencia, porque no pasa de hoy que vaya a verla. Se me cerrarán de forma voluntaria todas las ventanas de la sociedad, y la tele apagada, reinará sola en el salón de mi casa. Se me apagarán las luces artificiales que iluminan mi noche para dejar paso a la luz del astro que sustenta las mareas, el amor, y la locura. No pasa de esta noche, no pasa, que me encuentre con ella. Mis pies descalzos en comunión con la húmeda arena tocarán el mismo mar que toca el viento, el mismo que se confunde, en la lejanía, con el mar del universo. Buscaré esa luz que pinta de plata retazos de azul marino y me dejaré llevar, sólo me dejaré llevar, porque hay que vivir para soñar pues no se vive sólo en sueños.

Esta noche la luna se bañará en mi presencia, ¿te apuntas? Claro que sí, no esperaba menos compañera. Los placeres compartidos se hacen placeres eternos al acabar la primavera. La luna esta noche se bañará… en nuestra presencia. Como asiento la arena, como aroma el mar, como abrigo tus brazos, como sonido las olas, como ilusión, tu mirada en las estrellas. ¿Quién me ha devuelto el mes de mayo, y de abril, lo que queda? Como siempre: tú y ella.

Amigo David

David Díaz, Pregonero de la Romería 2007


Cuando la mano que escribe acompaña e interpreta los latidos del alma. Cuando el corazón se abre agrietando la garganta. Cuando el amor se hace verdad, y la palabra mensaje. Cuando alguien entrega su vida como tú la entregaste y el que escucha sólo piensa que su boca sabe a sangre, se puede marchar tranquilo, sin maleta ni equipaje.

No puedo darte las gracias, David, porque no me llegan las palabras, porque no se pagan con adjetivos a los mensajeros del alba. Porque quien habló por ti hizo el camino entre vivas y alabanzas, y es a ella, viejo amigo, a quien ya le di las gracias.

6/04/2007

La historia se repite




Endosado entre la gente botella al hombro y tras haber repuesto unas horas de fuerzas se encuentra con el resto del grupo. El caldito del puchero de la señora María sabe a gloria y el rebujito, aún fresquito, devuelve el sabor de la noche y las ganas de guitarra y baile. Se sube al "bardón" del campo contiguo a la Cruz Primera para ver mejor a la Virgen y su mirada, como atraída por una fuerza invisible, recala en ella. Allí está de nuevo, más guapa que la noche anterior, y con sus ojos en los suyos. Y otra vez esa sensación de caída libre en la que en el pecho se hace tal vacío que hay volver a llenarlo con un hondo suspiro. Inspira, uno, dos tres, cuatro, se ha parado el tiempo.

El camino se hace largo, mas no eterno, y entre copla y copa, vivas y carreras se intercalan esos pequeños momentos en los que, otra vez, sus miradas vuelven a encontrarse entre la gente, a veces con todo el camino de por medio, otras veces separados por la distancia de una amiga que baila, o por el roce de sus brazos en el transcurso de direcciones opuestas. Inspira, uno, dos, tres, cuatro, se ha parado el tiempo.

Y cae la noche entre rosario y fuegos, y entre tanta gente y tanta ermita vuelven a encontrarse y, poco a poco, se van quedando solos, y amparados bajo una higuera y en la soledad buscada por la mirada, se abrazan. Inspiran, uno, dos, tres, cuatro… Se les ha parado el tiempo y sus labios se acercan de nuevo.

Las bellas historias, amigo historiador, también se repiten, y en Lepe, cuando se viste de mayo.

Reducción al absurdo



S.O.S, gritaba el hombre del bigote a rayas mientras su helado de albaricoque con motitas de oro se derretía subiéndose por su mano. Los chorros de la derretida masa líquida ascendían como si no tuviesen que rendir cuentas a los 9,8 m/s2 de la ley de la gravedad. Y sí que era grave la cosa, los viandantes en calzoncillos de la calle Real no pudieron más que desternillarse de la risa hasta perder algunos sus cabezas que otros pudieron utilizar para echar una "rebujina" a las puertas del Casino.

S.O.S, no paraba de gritar el hombre del bigote a rayas que además de su simpatía por los helados de albaricoque también era aficionado al tenis, cosa que pudieron deducir los viandantes cuyas cabezas permanecían intactas sobre sus hombros, claro, sino no hubiesen podido ver la raqueta que amarrada al final de la corbata de los domingos, portaba el bigotudo rayado. A los gritos estridentes del tenista helado se acercó la benemérita, que haciendo gala de los colores de su uniforme venían entonados por la euforia del himno de los 100 años del Real Betis Balompié, a la vez que se intercambiaban estampitas, de sabe dios qué temporada, en las que aparecían Gordillo e Hipólito Rincón.

Viva "er betis" le gritó uno de ellos al emisor de los gritos cuyo perfil ya hemos descrito con anterioridad, S.O.S, respondió el mismo, ¿Necesita ayuda?, intercedió el guardia, No, ¿Entonces?, Entonces "Na", ¿Cómo que "ná", no grita usted S.O.S?, Bueno si lo escribe usted así… yo le pregunto a mi mujer, que como usted verá, es invisible, que si su coche es ese o ese.

¿Que por qué escribo esta paranoia? Total, ¿a quién le importa que los políticos nos engañen una vez pasadas las elecciones?: A nadie. ¿A quién le importa la educación como base del crecimiento social?: A nadie. ¿Quién se preocupa por el medio ambiente?: Nadie. ¿Quién ve importante que la globalización sea un proceso justo para todos los ciudadanos del mundo?: Nadie. Pues nada: El hombre del bigote a rayas que comía helado de albaricoque y jugaba al tenis con su mujer invisible, al final, se murió.

Jugar con los sentimientos



María no era un ama de casa cualquiera. A sus 65 años de dura lucha para sacar adelante a 5 hijos se le sumaba, como trabajo extra, el ocuparse casi las 24 horas del día de su padre, postrado en la cama desde hacía 20 años. María era una gran sufridora, no había salido de casa desde hacía tres décadas. Se casó y su vientre no paró de fabricar hijos hasta completar el quinteto que tenía; no paró de cambiar pañales, de trabajar en casa e incluso estuvo varios lustros en el campo para completar el pequeño sueldo del marido, aficionado a quedarse en paro varios trimestres al año, y aficionado a dejarse muchos duros en las barras de los bares, o en los juegos de azar.

Sus hijos se fueron haciendo mayores y fueron abandonando el hogar. Nunca aportaron nada para la casa y acostumbrados a vivir bajo el amparo del sudor materno, aún venían de cuando en cuando a que María cuidara de sus nietos, a comer a casa o a traer ropa sucia para que, mágicamente, fuese lavada. María sobrevivía por inercia, sólo vivía para que otros viviesen: su padre, sus hijos, su marido… Pero no le importaba porque desde hacía tres años había vivido varias experiencias que se le hacía impensables: el casamiento de su hijo Juan con su novio Pepe, un muchacho muy bueno que lo quería como nadie lo había sabido querer. Sabía además que el gobierno iba a conceder más libertades a su marido, que había montado un kiosco, ya que se iban a mejorar las duras condiciones de ser autónomo. Y lo mejor de todo era que, con esa nueva Ley de Dependencia, ella podría cobrar una ayuda y contratar a una mujer que le auxiliase en su ardua tarea de cuidados a su padre. ¡Qué bien, qué alivio!, pensaba, y mientras hacía la cama escuchaba las noticias en la radio: "El gobierno manda al hospital al sanguinario terrorista etarra De Juana Chaos. El PP se moviliza en contra de estos favores de Zapatero para con los etarras".

¡Maldito seas presidente!, gritó María llena de odio. ¡Si lo llego a saber te iba a votar tu puñetera madre!

5/26/2007

La peor de las drogas



Su codicia le cerró los párpados y le proporcionó una nueva imagen virtual a base de Photoshops y luces de neón. El baile había comenzado y él danzaba al son de la música orquestada de la fiesta, rodeado de sirenas que lo agasajaban y que se rendían a sus pies. Alzaba su mano para tocar aquellas bellezas y al acariciarlas se convertían en Bin Ladens, esos billetes morados de quinientos euros que tan poco se ven. Le habían hablado del gozo que proporcionaban ciertas drogas, de la pequeña muerte a la que podían inducir, de la dulce separación de cuerpo y alma… Pero esto lo superaba, y él sabía de drogas. Se sentía grande y así actuaba ante sus amigos, hasta que aquél garrote crujió sobre su cabeza y lo borró, de un plumazo, de su propio paraíso. No era real, ni el garrote ni aquél edén. Seguía siendo el mismo que era antes, pero había probado la peor de todas las drogas: su propia avaricia.

Si tú eres





Yo soy… las palabras que impregnan esta columna, si tú las lees. Soy mensaje interpretado, compartido, desautorizado, cómplice, revelador, hortera. Soy la imagen de un retrato, si tú lo miras. Soy la voz que te habla, si tú la escuchas. Soy ese que te responde, si le pides conversación. Soy aquél que vive contigo, a tu lado, más arriba o más abajo, en Lepe o en Oiartzun, si conoces mi paradero. Soy las notas de mi guitarra, el sabor de mis guisos, soy simpático y chistoso, aburrido y aguafiestas, aquel que va de listo y el que humildemente se esconde bajo la soledad buscada de algún paraje de La Antilla. Soy lo que tú quieras que sea y no porque así lo desee, sino porque no puede ser de otra forma. Y aunque fuese un gran rey o el más pobre pedigüeño, el mejor poeta de la tierra o el más simple analfabeto, el mejor amante o el peor amigo, solamente soy, si tú eres.

1/08/2007

Del Luisomo al tío del lunto

Cuenta la leyenda que, caída la noche, varias sombras vagaban por las oscuras calles de Lepe en busca de personas a las que devorar.

Hace cuarenta años, nuestra ciudad era poco más que un pueblo de calles sin asfaltar, con poca iluminación eléctrica y sin alcantarillado; el lugar ideal para que los fantasmas campasen a sus anchas amedrentando a jóvenes y mayores. Entre estos espectros se encontraba el Luisomo, un fiero hombre que se convertía en lobo por las noches y rondaba los caminos. Se contaba que, si una mujer daba a luz a siete hijos consecutivamente varones, el séptimo era un Luisomo. Quizás exista aún alguno entre nosotros.

Otra de las almas infernales que asustaban a nuestros padres y abuelos era el tío del lunto, que gustaba de cortarle al más pintado la palma de la mano. Comenzaba con un corte profundo desde el dedo pulgar al índice, del índice al meñique pasando por la base de los dedos corazón y anular, desde el meñique a la muñeca, y de ésta al pulgar para acabar arrancando de cuajo la piel. Posteriormente recogía la sangre derramada en un cántaro para venderla.

Con el avance del tiempo nuestro pueblo se ha convertido en una ciudad prospera, y sus noches, en días de luz artificial. Ya no se le teme al Luisomo, y muy pocos jóvenes conocen al tío del lunto. Han desaparecido del anochecer de nuestra urbe como han desaparecido las estrellas y la luna, por el exceso de luz y por los altos edificios.

No hay que vivir acongojado, se debe rechazar completamente la cultura del miedo pero, en una sociedad joven en la que por no temer no se le teme a nada: ni a las drogas, ni al paro, ni al día de mañana; sí que se echa en falta un poco más de inocencia. La que le sobraba a nuestros mayores, la que hacía posible al Luisomo, la que les hizo prósperos para que sus hijos pudiesen exterminar, eternamente de sus vidas, al tío del lunto.

12/11/2006

Lágrimas Negras

No hay folios ni lápices de colores, ¡Ya me he dado cuenta! La primera conversación de la mañana entre los dos educadores sociales pasaba por ser una queja más entre todas las que tenían y, además, de las más banales. Aún así, la ausencia de aquellos insignificantes materiales se convertía en puñales que herían de nuevo sus corazones; sintiéndose incapaces de cubrirse de la indiferencia necesaria que les pudiese apartar de toda responsabilidad moral ante lo sucedido la mañana anterior.

Volvieron a reanudar su trabajo sin poder impedir que su imaginación navegase de nuevo por lo que consideraban indispensable para el desarrollo de una sociedad sana, pero que a la vez, no dejaba de ser un imposible. Otra idea denostada y convertida en utópica por la necedad de los hombres, pero potencialmente posible.

Y se dejaban embriagar por las ideas, y soñaban con poder contar con más medios humanos, porque en definitiva, era de lo que más se necesitaba. Ya se las arreglarían sin materiales, sin folios y hasta sin despacho, si pudiesen contar con el alma de un profesor de música, con los recursos de un psicólogo, con la sabiduría de un trabajador social…

¿Qué podían haber hecho si eran sólo dos personas para cubrir las necesidades de todo un distrito? Es más, ¿que podían hacer si desde su país, como por desgracia ocurre en todo puñetero país, no se valoraba a la educación como herramienta de poder, de cambio social, y no se la dotaba de los recursos necesarios para cumplir esa misión?

En la radio nacional sonaba la respuesta que un ministro daba ante aquella situación: "Dotaremos a la policía de nuevos coches, nuevas porras, y, además, aumentaremos sus horas extras para que puedan vigilar los alrededores de los centros educativos". Eso era todo. Los educadores volvieron a maldecir a los políticos y a todo aquel que, pasados los treinta, se habían desprendido de su alma revolucionaria para aprehenderse de la chaqueta del conservador. Se sentaron en el suelo derrotados al agotar su rabia y, haciendo caso omiso a las órdenes de su voluntad, sus ojos volvieron a derramar lágrimas negras.

11/02/2006

El baúl de las letras




La cerradura del antiguo baúl no resistió el primer párrafo en blanco y, con el ruido sordo y seco que saben hacer los viejos muebles al romperse, se resquebrajó por la mitad. Por primera vez, su interior cargado de letras se presentaba a la luz blanquecina de esta inmaculada cuartilla.

No podré volver a cerrarlo. Pensaba mientras me disponía a trazar un modesto plan que organizase cada una de aquellas grafías que, así sueltas, no eran más que alocadas y juguetonas niñas que se burlaban de mis ojos inquisidores. Tendría que unirlas en palabras, en frases, en párrafos que dibujasen pensamientos y que, uno a uno, hiciesen que mis sueños pudieran ser realidad, aunque sigan siendo sueños.

Me ayudaréis a controlarlos, les susurraba a mis nuevas aliadas, porque no siempre se controlan las fantasías de la noche y, muchas veces, los fantasmas que encadenan la vida me habían apresado mientras dormía. Cerraremos las puertas juntos, amigas mías, a los espectros de la vanidad, a los espíritus que ambicionan el poder, que codician el dinero, que apadrinan la violencia, que nos clasifican según nuestra ascendencia, que estrangulan nuestra libertad. Y las abriremos, compañeras, a los duendes de la razón, a los que valoran a la sociedad por encima del capital, a los que creen que todo puede ser distinto, a los que se sienten de todas partes y de ninguna, a los ojos de una mujer enamorada, a la mano amiga de un compañero de historias.

Y así comienza esta nueva aventura, con el descubrimiento de un viejo baúl cargado de ilusiones, con las estrategias bien claras, con la fuerza necesaria para afrontar el futuro con paso firme. Porque hay muchas cosas que hay que cambiar y no de cualquier modo. Destruyamos de una vez el filo de la espada para comenzar la lucha, cosiendo letras, emborronando cuartillas.

6/28/2006

Otro artículo de otros tiempos

El valor del silencio

Estaba sentada al borde de la acera, en la vieja casa de campo a la que solíamos ir en verano. Con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre sus diminutas manos, Ana observaba de lejos la cuerda de la que tiraban los demás niños, frente a la alberca de la finca. No pude resistir el impulso de acercarme a ella, preocupado por su soledad, mientras el resto de los chiquillos disfrutaban de aquella soleada tarde de agosto, entre risas y juegos.
Pero... qué sorpresas nos depara a veces la vida. Ana, antes de que pudiese preguntarle el porqué de su aparente soledad y desánimo, me hizo callar llevándose el dedo índice a sus labios, y emitiendo un suave ‘SSSSS’, me dijo: “silencio, estoy escuchando cantar a los pájaros”.
No tuve palabras. Silencio. Estaba en silencio para poder oír cantar a los pájaros. ¿Pero por qué iba a estar aburrida?, ¿pero quién me creía yo para ir por ahí actuando de adivino? Me acababan de dar una de las lecciones más importantes de mi vida, y lo había hecho una niña de cinco años a la que yo iba a ayudar a salir de su abandono.
Increíble. Silencio. ¿Había valorado alguna vez el silencio? La verdad es que no, o no como en el momento que me había regalado Ana aquél día.
Mozart comentó que el silencio era lo que estructuraba la música. No dijo nada nuevo, es totalmente evidente. Pero no me había dado cuenta de que el silencio también estructuraba nuestras vidas, o mejor dicho, le aportaba calidad a las mismas. Si no, ¿cuántas veces había sido capaz de escuchar completamente en silencio las palabras de un amigo?, creo que muy pocas, siempre había respondido a cada frase, a cada palabra, condicionando la conversación y llevándola por otros derroteros que seguramente se alejaban de lo que me querían decir. Y cuando lo había hecho, cuando había escuchado en silencio las penas o las críticas de mis compañeros, respetando sus silencios y las vueltas que necesariamente le damos a las cosas, y sin prisas, centrado en el mensaje, en lo que me querían decir, ¡qué sorpresas me había llevado! Creo que no hay nada más importante en esta vida como el sentirse escuchado, como el comprender, reflexionar e interiorizar lo que sienten los demás que nos rodean; y por supuesto, saber encontrar el momento para apoyar o rebatir una opinión, una idea, desde el respeto que nos impone el saber sentir como el otro, aunque no se compartan las opiniones.
Silencio. Para mí, en estos momentos, es el bien más preciado, por encima del dinero y del poder, y por supuesto, de manos del amor. El silencio, el poder ordenar tus pensamientos, tus tristezas, tus avatares diarios y guardar silencio interior para sólo percibir por el cuerpo. Para sentir lo que la polución acústica de la ciudad nos ha embargado, como hacía Ana con el canto de los pájaros... o simplemente, no sentir, no pensar. SILENCIO.

Paco Cordero. En LA VOZ DE LEPE, junio de 2003.

6/26/2006

Hace algún tiempo así pensaba, así escribía

Insomnio

Levanto lentamente la taza de café y mis ojos siguen hipnotizados en las botellas de licor de la estantería, tras la barra de mi bar habitual. Éste es ya el decimoquinto café solo que tomo hoy, y no puedo dormir. ¡No quiero dormir!. Creo recordar que llevo así casi cuatro días, y ya no sé si lo que veo es real, o lo está fabricando mi mente, lo cual me desola.
Desde la última vez que desperté las sorpresas son la premisa fundamental de cada uno de mis días; desde que encendí la tele y, asombrado, oí en el telediario que los poderosos de la tierra habían comenzado con "el desarme mundial de todos los ejércitos", y que los pueblos menos poderosos seguían la actitud de los 'grandes'. "En una semana desaparecerán todos los ejércitos de la tierra y se comenzará a dotar de infraestructuras sanitarias, comerciales y sociales a todos los países del Tercer Mundo...". ¡Por favor!, ¿pero que broma de mal gusto es ésta?. Recuerdo horrorizado que balbuceé mientras me terminaba de desperezar al borde de mi cama, y a la vez que apagaba de un golpe aquella estúpida 'caja tonta'.
Poso la taza de café en su platera blanca con el filo dorado, y agotado por el cansancio miro de reojo bajo mi brazo, apoyado desde hace una hora en el periódico sin abrir. Sigo sin ver a nadie, ni siquiera veo papeles por el suelo que denoten el paso de personas, ni coches; pero el camarero me dice que sí ha pasado gente, que están todos en el teatro para debatir con los políticos la futura transformación del asilo en un nuevo centro multicultural, un centro donde prime la coeducación, donde niños, jóvenes y mayores aprendan juntos a convivir. ¡No puedo más!. Me siento como el protagonista de un show televisivo de cámaras ocultas. No me puedo creer que las obras para el asilo de mi pueblo se conviertan en un edificio multicultural. No me creo que las familias de mi ciudad acojan con cariño a sus mayores en casa; y no me creo que hasta los mismísimos agentes de la Policía Local y Guardia Civil se hayan convertido en asistentes sociales sin uniforme, y que su misión ahora sea la de acompañar y guiar a personas sin familias, sean de la edad que sean. Y mucho menos me creo que los políticos escuchen al pueblo, que los trabajadores trabajen sin escaqueos por el bien de unas empresas que les pagan honradamente un salario acorde a los beneficios de las mismas. No me creo que las discusiones entre las personas se solucionen razonadamente. No me creo que, aunque siga existiendo la diversidad de opiniones característica de cada ser humano, se llegue a un consenso por el bien común. ¡Me voy!. Me acerco a mi coche y arranco del cristal una pegatina verde que reza: "Por favor, utilice la bici para desplazarse por el pueblo". ¡Me estoy volviendo loco!, y en mi desesperación incrédula ante lo que está pasando me siento en la acera, y entre espontáneas carcajadas me retuerzo de dolor abdominal esperando que todo termine.
Ya no sé cuantas horas, días, meses, años han pasado desde aquella mañana en la que, al despertar, todo había cambiado, pero me estoy acostumbrando a sobrellevarlo. ¡Buenos días!, saludo al corrillo de vecinas criticonas de la esquina que habían cambiado su deporte habitual por un puesto de intercambio de macetas, y me dirijo a por mi café solo, alimento indispensable de mi nueva vida. Y es que, aunque cansado por el insomnio de no sé cuantos días, no quiero dormir. No quiero aunque no pueda disfrutar de lo que está pasando a mi alrededor... ¡Me da miedo!. Me da miedo dormir...por si acaso, cuando despierte, veo que todo ha sido sólo un sueño.

Paco Cordero. Diciembre 2002, en LA VOZ DE LEPE.


Día a Día

Día a día. Comienza la vorágine rutinaria de nuestro día a día, y entre las preocupaciones diarias que tienen que ver con nuestro trabajo, nuestras familias, los estudios, las letras, etcétera; nos encontramos sumidos entre otros muchos problemas como: 'la política para el pueblo pero sin el pueblo', la guerra de Estados Unidos de 'cabezonamérica', el Fuel en las costas gallegas...y un largo etcétera que nos inunda por completo y nos absorbe día a día desde el bombardeo de los medios de comunicación.
A mí, personalmente, no es que no me importe la política. Tampoco es que me de igual que se bombardee a un pueblo medio indefenso en comparación a una 'superpotencia' militar, que no cultural, o eso parece. Y nunca he permanecido indiferente ante la salvajada de pintar de color 'Chapapote' toda la costa gallega, la asturiana, la vasca y la francesa.
No quiero entrar a valorar o discutir todas estas cuestiones. Únicamente deseo olvidarme un poco de todo ello, ya que, como he dicho antes, bastante tenemos ya con que se nos recuerde, día a día, y desde todos los medios de comunicación que el mundo no va nada bien, y aunque creo que sí es posible un cambio, una nueva sociedad, estoy un poco harto de encontrarme tantas piedras en el camino. Sólo quiero descansar, liberar mi mente para que desahogue tantas calamidades. Así que, alejándome de todos estos problemas, permítanme que ocupe este pequeño espacio para soñar. No me presten mucha atención, solamente la precisa, ya que como digo, sólo deseo expresar aquí ciertas reflexiones que nada tienen que ver ni con la política, ni con las guerras, ni con nada. Son simplemente pequeñas vivencias que me hacen crecer... día a día, por supuesto.
Hace unas semanas deambulaba por la bajamar de La Antilla, y hacía tiempo que no recordaba que muy cerca de nosotros, en nuestro pueblo, hay verdaderos paraísos donde descargar y recargar las energías de uno mismo. El sonido del mar de La Antilla rompiendo a pie de playa, su aroma a sal y arena mojada, la tranquilidad fuera de temporada estival y su maravilloso atardecer son, sin dudas, los elementos terapéuticos más importantes que tenemos a nuestro alcance. Y mirando a la inmensidad del océano, una canción de Fito & Fitipaldis titulada 'Al Mar' sonando en mi mente; y un sueño. Mi reflexión en forma de diálogo con ese mar de la canción, ese mar que tenía a escasos metros, en nuestra playa.
"Ya estoy aquí otra vez, en la orillita del mar, mientras me mojo los pies he empezado a imaginar. Tú sí que debes saber, ¡hay si pudieras hablar!, tienes secretos que sé, nunca los vas a contar". Y sigue: "Guardas los suspiros, de corazones rotos, y todas las miradas de los hombres, que se sienten solos. Dejas que la luna por la noche, te toque un poco, con la lucecita que ilumina los sueños locos".
Guardas los suspiros de corazones rotos, querido mar de La Antilla; corazones rotos de desamor, como muchos de los que has arropado en las cálidas noches de nuestro verano. Y corazones rotos de incomprensión e impotencia, como el mío, por no sentirme capaz de sobrellevar todas las injusticias que día a día me encuentro, y por las que siento no puedo hacer nada, sólo soñar con que algún día acaben. Por eso, querido mar de La Antilla, quédate con ésta, mi mirada de soledad, porque a lo mejor me subo al carro, me vendo los ojos, me disfrazo con el traje de la indiferencia y me uno a la fiesta. No obstante, amigo mar, confidente, y aunque sé que sabrás guardar mis secretos, no dejes de devolverme esta mirada solitaria que hoy te presto con cada una de tus olas, porque creo que no estaré más a gusto cruzando la línea hacia el bullicio y la apatía. Y ¿sabes por qué?, porque a veces me cruzo con personas que también se sienten solas e impotentes, como yo, ante un mundo cada vez más deshumanizado. Y paseamos ciegamente juntos, sabemos que están ahí, pero no los vemos, no somos capaces de unir nuestras soledades, nuestros sueños locos.
El porqué no lo sé, amigo mar, pero sí sé que somos conscientes de ello, y tengo la esperanza de que alguna vez podamos romper con esos lazos de incomunicación que mantienen nuestros sueños caminando por separado. Tengo la esperanza de que podamos establecer, algún día, un lenguaje común que permita unirnos, y que dote a todo el mundo de la locura necesaria para que triunfe la verdadera revolución: la de la sabiduría, el respeto y el amor.

Paco Cordero. Marzo 2003, en LA VOZ DE LEPE.